Hace 12 años murió mi abuela. Era una persona excepcional en todos los sentidos. Su fallecimiento me pilló de Erasmus en Bélgica, durante un fin de semana que pasaba en casa. Cuando falleció, se puso su casa a la venta y al poco tiempo la compró una familia de Ávila. Como viene siendo habitual en estos casos, las pertenencias de mi abuela se repartieron entre los familiares. Yo no quería joyas ni bienes, solamente quería sus libros. Había crecido viendo su colección en las estanterías. Eran variopintos: desde libros para iniciarse en el Tarot hasta ejemplares feministas.

Cuando volví a Madrid definitivamente, pregunté por los libros de mi abuela. Debido a la confusión y la tristeza de esos días, los libros (algunos de ellos centenarios) se habían quedado en casa de mi abuela sin que nadie reparase en ellos. Al preguntar a mi tío, que gestionó la venta de la casa, nos dijo que la familia había hecho reforma total para alquilar y había tirado todo.

Os podéis imaginar el bajonazo, el dolor y la frustración que sentí.

En 2012, 8 años después de este tema, me inscribí en el programa de Certificación de Coaching Ejecutivo. El primer día eché una visual a la clase y rápidamente me llamó la atención una chica. Me senté en el asiento de al lado y entablamos amistad desde ese momento. Se llamaba Ana y por alguna razón inexplicable sentí una conexión instantánea. Terminamos la certificación en noviembre de 2012, justo cuando me rompí la rodilla. En diciembre decidí tirar para adelante con una iniciativa muy chula, contando con Ana y otras dos grandes profesionales y amigas. En marzo, después de mi operación de rodilla, Ana vino a verme a casa de mis padres para hablar del proyecto y concertó una cita al día siguiente con el gestor que llevaba toda la vida trabajando con su familia para consultarle unos temas.

El día después de su visita, yo estaba con la pierna en alto viento la tele y sonó el móvil. Era mi tío. Me dijo con mucha emoción «estoy con una amiga tuya que se llama Ana». Desconcertada, pensé que era otra amiga mía abogada llamada Ana. Cuán fue mi sorpresa al oír la voz de mi amiga coach diciendo: «Irene, soy Ana, vivo en casa de tu abuela… no lo tiramos todo en la reforma, tengo todos sus libros en mi trastero de Ávila».

Ni que decir tiene que casi se me cae el teléfono. El gestor era mi tío, la que compró el piso era Ana, los libros estaban a salvo. El círculo se cerraba. Habían sido 9 años reconcomiéndome una pena sorda como un eco lejano, pero constante, sacando el tema de vez en cuando a familiares y amigos…

En diciembre de 2012, cuando me recuperé y reuní fuerzas para volver a casa de mi abuela, decidí visitar a mi amiga Ana. Recordé con ella lo ocurrido y qué habría pasado si en Yule de 2012 no hubiera tenido el arranque de tirar para adelante con el proyecto con ella, si no hubiera consultado a su gestor, si no hubiera entablado amistad con ella desde el primer día del curso…

La foto está tomada desde la ventana de la cocina de mi abuela, que estoy segura de que se está riendo mucho en alguna parte, viendo la serendipia tan rocambolesca que ha tejido.

Te quiero mucho abuela, aunque te rías a mi costa 😛

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